A sus 104 años, Pastora
aprendió a enamorarse. Lo aprendió en un asilo de tres pisos en Bello,
Antioquia, con un hombre de 93, Hernando. Se les ve juntos en todos los
rincones de la casona: en la enfermería, en la capilla y en los corredores.
Incluso, hace poco ella les pidió a las directivas que le acomodaran su
habitación contigua a la de él. No quieren perder un minuto separados. Ya ni
les hacen caso a los rumores que se dispararon a comienzos de este año cuando
los demás ancianos notaron que esos dos se traían algo. Se les terminó la
soltería de un siglo, se les ve felices y dicen que están en la época dorada de
sus vidas.
Pero no fue amor a primera
vista. Pastora llevaba una vida consagrada a su familia (10 hermanos) y a los
servicios religiosos (desde los 15 años ayudó en diferentes parroquias de
Antioquia). Se hizo conocer en el Peñol –donde nació–, en Bello y en el barrio
Aranjuez de Medellín, por su simpatía y su liderazgo a la hora de preparar
fiestas religiosas. Hace dos años murió su última hermana (de103 años) y
Pastora decidió buscar un asilo para terminar sus días acompañada: “No
quería vivir sola porque siempre he sido muy social y aquí encontraría gente de
mi edad”, dice con una lucidez propia de un adulto de 60 años. Dentro de la
institución también ha continuado impulsando el fervor parroquial y en Semana
Santa es la primera voluntaria para las peregrinaciones. Fue ese entusiasmo,
precisamente, lo que provocó un interés inusitado en Hernando. En medio de la
amargura y la soledad que le producía estar en un asilo, la aparición de
Pastora se convirtió, según él mismo, en un adelanto del cielo que está por
venir.
Según el director del centro
geriátrico, Balmore Sánchez, la calidad de vida de los dos ha mejorado desde
que están juntos. Sólo desde hace un mes han tenido que separarse debido a un
accidente que tuvo Pastora y por el cual fue operada de la cadera. Era su
primera vez en un hospital. Los médicos temieron que por su edad no la pudieran
operar, pero los exámenes sanguíneos y de presión arterial lo permitieron.
Actualmente asiste a terapia y, mientras se recupera del todo, Hernando es
quien conduce la silla de ruedas de un lugar para otro.
Pastora añora el pasado. Es
natural: la vida campesina y familiar; las correrías a caballo por el Peñol,
sin afanes, sin tantos muertos... aunque no esperaba llegar al siglo de vida,
se siente complacida. Está tan contenta, que son varias la veces que le han
escuchado decir: “Estos últimos días míos están muy buenos”. Ella es una de los 4.450 centenarios que,
según un estudio del Ministerio de Protección Social de 2005, hay en Colombia.
Esa cifra se ha venido incrementando en los últimos 50 años, en especial en las
mujeres que hoy viven, en promedio, seis años más que el hombre.
A la hora de preguntarle por
fórmulas o recetas para durar tantos años, ella dice no tener nada. Sin
embrago, cuando hace el balance de sus quehaceres y costumbres, se constata
que, en términos generales, su vida fue apaciguada y sin sobresaltos: no tomó
licor, no fumó, no se casó, se dedicó al servicio comunitario y religioso. Fue
la tía más querida y alcahueta, y aunque el amor no se le hubiera aparecido en
el asilo, montones de personas –que fueron sus vecinos o amigos durante años–
le recuerdan, con la visita semanal, que es una mujer querida.
“Gracias a ella voy
directo para el cielo”, dice Hernando con una sonrisota, para referirse a
la cantidad de rosarios y avemarías que reza desde cuando está al lado de
Pastora. Pero la verdad es que los dos ya se sienten en el cielo. La muerte es
un asunto que ni los trasnocha. Por ahora, lo único que les interesa es el
amor.